De perros
Los días han sido turbios. Lo que se aventuraba desde lejos como aguas manantiales se mezcló con el fango del miedo que impregnaste en mis zapatos.
Del fango salen vapores purulentos de dudas, y mis sienes no son lo suficientemente listas para volar hacia alguna isla en mi ego.
Los renacuajos se vuelven víboras y trepan por mis piernas que no saben de correr porque no lo necesitan. Perdón, no lo necesitaban. Me acostumbré a estar acostada en mi cama.
Y tú diste vuelta mis sábanas.
Me creí Alicia en el País de las Maravillas. Tomé sorbos de mil pociones, a ver si me volvía lo suficientemente grande para que los juncos de ese pantano que creamos se volviera solo musgo en mis pies.
Pero al igual que ella, solo conseguí agrandarme para que el peso de mis pies me hundiera más, o empequeñecerme lo suficiente para flotar dentro de burbujas de ponzoña.
Quise huir. Faltando cuevas en mi imaginario que me salvaran, decidí moverme en el mapa, recorrer las regiones de cresta a valles y de valles a crestas.
$180 vale el pasaje al olvido, pero a lo Mastercard, recordarte por cualquier motivo no tiene precio. Caminé entre rodados, cementos y pastos. Muchos cuerpos y pocas caras me acompañaron. Solo un reloj de manos manchadas me alejó lo suficiente para volver a recordarte.
Subiendo las cuestas de mis faldas, empuñando mis manos entre cerros que en otro tiempo fueron mares, ensuciando mis rodillas de polvos de parejas en flor, recibí tus silbidos.
Llegué sola y unos perros me acompañaron.
Llegaste tú y también te siguieron.
Ellos se fueron.
Tú te quedaste.
No hay comentarios:
Publicar un comentario