El poema más triste que existió jamás
No porque el día sea distinto para mí, el día es diferente.
Constrúyeme un mundo nuevo, lo suficientemente grande para que entremos tú y yo
y lo suficientemente pequeño para que no quepa nadie más.
Quiero encontrarte, está lleno de gente y me siento sola.
Yo cambio y tú lo sabes.
Pero a mi lado nada cambia y todo sigue transcurriendo.
Paradójico, ¿no?
Nada cambia pero el reloj no se detiene.
Y yo solo quisiera detener el tiempo entre tus fauces.
No soy lo suficientemente rápida.
Ni por debajo ni por adentro.
Soy más rápida en cambiar
y más lenta en adaptarme a sus tiempos.
No puede solaparme entre sus fugacidades
que no tienen nada de eternas.
No puedo ni quiero ser el polvo
que se esconde bajo la alfombra.
Paradójico, ¿no?
Por pedir este lápiz escribo esto.
Por un lápiz y a pesar de él.
¿Sabes lo que costó escribirte esto?
Mí número de teléfono.
(Llorar tripiando no es la mano)
No hay comentarios:
Publicar un comentario